VÍCTOR HUGO RASCÓN BANDA REGRESÓ A CASA Y VOLVIÓ A NACER A LA LUZ QUE POSEEN LOS HOMBRES EXCEPCIONALES.
Por Ana Lorena Camacho García.

Retornó a la raíz de donde nació ese caballero con espíritu de combate sobresaliente. Hasta hoy Víctor Hugo Rascón Banda se declaró existente. Sin embargo, nada ha cambiado, porque su voz, su mente y su corazón son albergados por quienes tuvimos el privilegio de quererlo y respetarlo no por un título “nobiliario”, sino por su gratitud eterna hacia el más pequeño, por su fidelidad y el apego a ideales y principios.

Porque supo ejercer el autodominio, y no se dio por vencido. Todos los seres humanos, incluidos los personajes de sus obras de teatro, colegas, admiradores y fanáticos, lo sabíamos; era inexorable perderlo. ¿Cuándo? Hoy, día final de julio de 2008, se liberó de la inconmensurable tragedia para seguir el camino de la luz y crear universos excepcionales, como lo hizo aquí hasta hoy.

La última vez que platicamos fue hace poco: los autores y compositores de música celebraban el día que los reconoce. Y él, de tan sencillo grande, se afanó por recordar lo recibido por mí –unos cuantos comentarios profesionales- hace como 15 años. Y una actitud de nunca olvidar, como corresponde a los campeones, sabedor de que al escribir se deja la esencia en los textos.

La convalecencia reforzó su hombría: dos obras más mientras estuvo hospitalizado. Invitaciones continuas para presenciar sus obras de teatro, respeto a la crítica teatral; darse a sus alumnos como un auténtico maestro; asignar a cada colega un sello distintivo; reír y convocar a seguir adelante con y a pesar de las vicisitudes que a veces se ven así pero son llagas pletóricas de dolor o sufrimiento.

Nos vimos pocas veces, nos tratamos en pocas ocasiones. Pero el halo de respeto y afecto correspondido generó caudales de alegría por compartir la realidad teatral desde trincheras similares, contiguas y festivas.

Se fue pero queda en nuestras vidas su gran dimensión como ser humano. Nos queda su obra, pero sustancialmente no ha partido, sigue aquí, latiendo y despojándose de sí para ser uno más con todos y cada uno de los demás.

Víctor Hugo Rascón Banda cumplió sus propósitos, pulió el arte nuevo, por eso en el nombre va el hombre. Victorioso Víctor Hugo. Vives en y con nosotros por siempre.

 
 

UN BREVE ADIÓS A JORGE RAMOS ZEPEDA
Por Ana Lorena Camacho G.


 
Jorge Ramos Zepeda se fue pero queda en la memoria teatral el ejemplo de un hombre valioso y valiente, que rompió récords en iniciativas, que trastrocó los límites de la realidad e hizo magia con Serendipity y con los Adictos al canto.

Jorge se fue pero se queda en un sano rincón del alma, de la esencia positiva, del buen amigo y del profesional sostenido a través de los años que le correspondió permanecer entre nosotros.

La vida lo eligió para nosotros, y él nos eligió para sí. Fuimos y somos uno indisoluble, ya que supo entregarse a los demás hasta ¿el fin? mediante acciones y reacciones como ejemplos de amor por el trabajo, por el público, por sus amigos, por su familia.

Jorge Ramos Zepeda ha partido a una dimensión en donde, seguramente, convivirá con Bob Rose y sacudirá junto con él la melena para enseñarnos a delinear, con el pincel del talento y/o la pluma de la palabra, y/o con el vozarrón que tenía como adicto al canto, razones de más para seguir vinculados con la vida.

Jorge nos dejó atónitos. Jamás externó sufrimiento; no al menos entre los compañeros críticos de teatro. Podemos suponer que sucumbió con un sufrimiento inesperado, podemos creer que todo fue rápido y que ahora reside feliz en el plano de los genios creadores.

Al menos eso creo, porque sólo sé que falleció hace unos pocos días. En esta colega Jorge deja la expectativa de vida, de vida en ascenso, de madurez y de iniciativa y talento.

Duele su abandono, pero de él prevalece la vida, porque tengo la certeza de que Dios tiene un nuevo ángel, un angelote que seguirá creando alegría en grandes y pequeños, a lo grande y en lo más significativo de las almas, de cada alma que supo y pudo descubrir en Jorge un mago de la existencia.

Jorge, también mi pequeña sobrina te va a recordar siempre. Y como ella, los que aprendimos a aquilatar tu valor como ser humano. Que Dios te bendiga
 

Carlota, Emperatriz, Evocadora Mega Pastorela de
Los Teleteatros de Antaño, con lo Sabido de Televisa.

Por Ana Lorena Camacho G.

A pesar de la prestigiada actriz Jacqueline Andere, quien manifiestamente se pulió para la consolidación de su personaje como Carlota de Habsburgo, cónyuge de Maximiliano, la obra de teatro, Carlota. Emperatriz, es sensiblemente penosa al constatar cómo la escuela histriónica y los hábitos financieros que prevalecieron durante los años ’70 y ’80 por parte de Televisa, el oligopolio de El Tigre, accedió con bombo y platillo al más significativo de los foros del IMSS, el Teatro Hidalgo, propio de la institución cuyas mermadas y trágicas funciones esenciales, como es la atención médica, parecen confabularse para faltar al respeto al público que asiste, desde el periodista especializado hasta el más humilde de los derechohabientes del “Inseguro Social”.

No es fácil ni ligero efectuar estas precisiones, ni necesario o perverso acotar lo anterior acerca de una figura mítica como es el Maestro Miguel Sabido, director y productor del montaje, quien preserva los méritos que le han situado en el merecido lugar que tiene en la escala de los paradigmáticos valores como director de escena.

No obstante, Carlota Emperatriz es un trabajo espléndido y triunfal en el marco del teatro efectista y conservador, producido con fines de lucro, recreado con luces fastuosas, colorido atractivísimo, pasarela de “estrellas” y mujeres bonitas o actrices y actores consagrados por la trayectoria de innumerables años y una presencia permanente sustentada en los spots televisivos, en las revistas de farándula –que ojalá fueran de periodismo de espectáculos, como deliran serlo-, en las telenovelas cuyos discursos conservan la mentalidad de Cenicienta; en la grandilocuencia de la pretendida declamación y construcción poética heredada de padre famoso desde Macario, como es Ignacio López Tarso, aquel Hombre de Papel y genial personaje que ninguna ajenidad puede soslayar y sí debe reconocer, a un hijo –Juan Antonio Aranda- que como actor decidió en la madurez abandonar su propio estilo y erigirse en facsímil del mito representado por su progenitor.

Esta obra teatral, que además se caracteriza por comunicar mediante largos diálogos en “estampas” los antecedentes, el desarrollo y la culminación de una historia previa y posterior a los 60 años que duró la demencia de Carlota, en vez de representarla, trastoca los intentos del desarrollo escénico, de modo que el intercambio de palabras y palabrotas entre dos o tres personajes fársicos erróneamente representativos del populacho de la época mediante enaguas y sombreros evocadores de las pastorelas del sí respetable Carlos Ignacio en la YMCA, o las referidas por nuestra amiga universitaria como discípula de Don Gonzalo Correa.

La temporada prosiguió en el Teatro Xola, justo en otro de los recintos sacrosantos del IMSS que dio la bienvenida al espectáculo que, para pena de un@s y complacencia de otr@s, fue una noche de estrellas que culminó en artistas estrellados, ya que la nota se la llevó Yolanda Andrade, a quienes los reporteros avasallaron con clásicos chismes de comadres respecto de unas declaraciones que hizo ante los medios relativos a la ex esposa del niñote Christian Castro.

Sin más disipaciones, cabe señalar que, como es del dominio público, Carlota. Emperatriz cumplió 100 representaciones el pasado 23 de marzo con un éxito inusitado.

Lo que para la guerra de soberbias no debe haber sido muy gratificante es que la mayoría de los señores reporteros, micrófonos en mano, amparados por cámaras y luces con logotipos que todos los aficionados al periodismo de espectáculos  reconocen como fuentes esenciales de conocimiento y nutrientes para los axones, es que la noche no fue de Chantal, quien develó la placa conmemorativa, ni de la propia Andere, sino de una de las Hijas de la Madre Tierra, a quien se le agradecen muchos destellos de talento para los insomnes o trasnochados.

Esta pastorelota es la pauta para reconciliar al sector maduro del público conservador, acostumbrado a las obras respetables protagonizada por una actriz consumada; no obstante, lo que se entreveía como vuelo de palomas y águilas devorando fragmentos de cielo, terminó por ser un juego de gallinas en el gran corral en que estuvo confinada Carlota. Emperatriz, quien jamás pudo rescatarse a sí misma y perduró o sobrevivió en un maremágnum de locura avasallada por los males y la maldad como pareja de su querido Maximiliano, cuya muerte fue insuperable de principio a fin.

Dos horas para constatar la vida de una mujer demente encerrada en jaulas doradas, entre lienzos finos y telas satinadas. Todo, para descubrir que la victoria alada nunca aconteció, ya que las carne putrefacta y las neuronas descontroladas se confabularon para aislar a través de decenas de años, la dignidad, la salud, la esperanza y la credulidad de una mujer a la que los entretelones de la vida enlazó como presa marina. Ni el mar pudo vencer, ni sus ilusiones cruzaron el océano. Carlota. Emperatriz sucumbió mucho antes de intentar ser La Mujer.

Tras esta victoria del maestro Sabido y de la actriz reconocida como un icono del buen vestir, ahora Carlota. Emperatriz inició una nueva temporada de gira por las principales ciudades de la República Mexicana, lo que procura retornar al público la respetabilidad del teatro hecho con entrega y profesionalismo, a pesar del ornamento y de los excesos luminosos que sostienen la obra, porque si de dramaturgia se trata, ésta es nimia.

Sin embargo, sabemos que el éxito proseguirá ante quienes se rinden por el portento de luces y colores, por el brillo de las telas y las bagatelas “representativas” del populacho en una obra de teatro en la que se ha invertido un sinfín de recursos, con excepción de un texto que valga la pena y confiera validez a esta obra de teatro.
 

Marta Aura, ahora en Mujer
on the border, al filo de la navaja
que disecciona nuestra identidad con el tema de los emigrantes.

Por Ana Lorena Camacho G.

Marta Aura: ejemplar y única, pero voz de muchas, abrasa el alma. Va, viene, y fluye como el río que delimita la frontera. Border, limítrofe, esencialmente en lo que ya alguna vez delimitó el Maestro Ignacio Retes como la línea trazada, al canto, por el fluir del movimiento, en La Raya del Olvido.

Aguas profundas, en las que suelen naufragar y luego situarse en el fondo del caudal y retornar a la tierra, extintas, las esperanzas. El Río Bravo, que arremete contra quien intenta desviar su flujo, el American Way of Life, The American Dream. Go!, Go!, Go...!

-Ándese chamaco, usté nomás jale pa’l Norte. Ahí va a pasar a cobrar sus bonos por el tesoro que tiene ¿tenemos? debajo del mar.

-¡Mamá!, ¡Mamá, tengo miedo…! –voz que clama en el desierto, acallada por la muerte en manos de un ejecutor de la ley, el digno guardián del orden; inteligencia vacía, que detona la honestidad con balas o inyecciones letales.

¿Y los señores fiscales? Sueños guajiros de la indiada. Que esta Adelita sí aprendió inglés mediante libros que le costaron dólares, y de los de antes, de los buenos, de los que sí valían, y ahora podrían valer una fortuna.

Pero no. No porque ellos son el lazo con que su madre elabora recuerdos al hacer piñatas con los colores del equipo de futbol al que era aficionado el hijo que murió en la frontera. Unos días de estancia On The Border, y residencia de siete años en una cárcel de máxima seguridad.

El costo de los sueños, el delito de tener la tez morena y los ojos cafés. Porque si no eres güerito, ni de aquí ni de allá, ni rancherote ni extranjero, no eres más que una cifra, una referencia numérica, número de folio, expediente o dato en una nómina –si es que cuentas con empleo-.

Pero la riqueza del arraigo a la tierra es lo único que prevalece en el ánimo de la protagonista, cuyo desempeño en el escenario sólo incluye lo esencial: Una mesa: ataúd, silla, cama, sueño, desplazamiento corporal, en donde se desliza la mujer doliente con esteticismo y pleno dominio de las acciones físicas y psicológicas. Un altar en el que cuelgan ya algunos “milagros” y la foto del hijo arrebatado por el río que, embravecido por sus custodios, es cueva de asesinos, en donde un muro –que parecería evocar el de Las Lamentaciones- divide el sueño americano de la realidad nacional.

Es inenarrable seguir predicando los méritos de Marta Aura y de su directora, María Muro, curiosamente enraizadas en situaciones límites, ya que Mujer on the border es más que la frontera. Mujer on the border es el filo de la navaja, el hilo de donde penden la congruencia y la sinrazón. On the border definió a una mujer que no ha perdido la conciencia, pero cuya mente reside en la frontera entre la realidad y la evasión. Fugarse: ¿hacia dónde? Sólo al interior; arropar los recuerdos y acunarlos en el alma, con las brasas del corazón. Por la memoria y de memoria construir piñatas de barro, y adornarlas con papel crepé de dos colores: rojo y blanco: la sangre y la venda, los colores del equipo al que el hijo fue aficionado, pero aquí el partido se perdió. Sólo lágrimas, y erigirse en fuerza de hierro para no ingresar a las listas de un psiquiátrico. Y lo demás… en el límite de las verdades y las mentiras.

Proceder a deambular; procesión. Como en tablero de ajedrez se desplaza la protagonista, pero no reina, sino torre a la que le dieron con todo y fue engullida por los alfiles, los peones, la reina y el rey. Ni caballo con qué saltar. No obstante, esto no fue un ajedrez, o tal vez sí, pero todos resultaron vencidos. ¡Al diablo con las monarquías!

Aun Mujer on the Border, como lo pudimos constatar en La Mujer Rota, de la espléndida dramaturga María Elena Aura, obra con que la primera actriz conmemoró sus primeros 30 años de carrera teatral, cinematográfica y televisiva, y a quien particularmente se le distingue por un talento inconmensurable, como podemos recordar en la serie didáctica Vamos Juntos, al lado de la hoy perenne señora Silvia Derbez- y una bella adolescente, Cecilia Camacho; tríada de excelentes actrices cuyas trayectorias incluyen premios y reconocimientos nacionales e internacionales.

Mujer on the Border es el límite y debe ser constatado. Realidad que tod@s hemos podido experimentar por referencias cercanas, por algún pariente o conocido cercano que quedó en el límite, calcinado por las brasas de la tierra, asfixiado en un camión o ahogado en el río. Tarea escénica obligatoria con que la primera actriz retorna a casa en el Foro Sor Juana Inés de la Cruz, de Ciudad Universitaria.

La temporada recién comienza. Y es insoslayable ahondar en este río interactivo de video, monólogo y plegaria. En particular –y no podrá desmentirme el resultado- esta obra debe ser vista por todos los aficionados al teatro. Los espectadores con placer por los excelentes montajes y, desde luego, por los hacedores de los hechos teatrales en México y el extranjero.

La obra fue estrenada en el 2005 en el Museo Universitario del Chopo. En ese mismo año participó en los festivales “Voces de Mujeres”, en Chicago, y en del Alfeñique, en Toluca. Tras éxitos consumados en festivales de Bolivia (FITAZ-2006); en el de Teatro de Dallas, Texas; el XII de Ciudad Juárez y en la Muestra Internacional de Teatro en Cuba en 2007, arriba a la UNAM con amplias y consumadas expectativas.

Mujer on the border. Adapt. Teatr.: Marta Aura y María Muro. Basada en El llanto del verdugo, de Antonio y Javier Malpica. Dir.: María Muro. Escenografía e iluminación: Carlos Enrique y Juan Manuel Arozamena. Diseño y realización de vestuario Yolanda Reyes, y como diseñadora sonora la talentosa productora Laura Elena Padrón.

Se presenta en el Teatro Sor Juana Inés de la Cruz del Centro Cultural Universitario (Insurgentes Sur 3000). Funciones: sábados y domingos a las 12:30 hrs. La temporada inició el 12 de abril y concluirá el 6 de julio de 2008. Con excepción del 10 de mayo, la obra seguirá por el curso de nuestras conciencias para renovar el compromiso social que tenemos más allá de los arrebatos televisivos y radiofónicos que suelen –por lo general- saturar nuestras mentes y esencias, aletargando la mente para propiciar el silencio y la ceguera respecto de lo inmediato que favorece olvidos y amnesias colectivas.

 

MORIR A LA LUZ DE LA LUNA
Lorena Camacho

Nacer para morir o morir al nacer son parte de una misma esencia: la negación de la vida. Sucede por voluntad, por falta de elementos con los que puede edificarse una existencia; es decir, la muerte también es una elección.
La Luna Vista por los Muertos, dirigida por la singular actriz Zaide Silvia Gutiérrez, es una advocación de todos los elementos necesarios para negar la vida, tal vez porque la vida permaneciendo en los cinco sentidos es un fallido y fallecido estilo o modalidad de sentir que sólo en el umbral de la exaltación de los sentidos es tolerable, porque el riesgo de ir a la deriva en la vida común, con sus dolores y exigencias, es menos significativo, es parodiarse uno mismo con la pretensión de crecer y “ser feliz” para llegar a un destino que nadie conoce.
En efecto, a veces la transgresión de los “valores” sobre los que ciertas sociedades castrantes o comunidades que se mueven en el rango de lo “normal” ofrecen más desesperanza y hastío por vacuas y hasta por ser disfuncionales e inoperantes, pese a ser “efectistas”.
No obstante, la eficacia puede convertir a algunas personas en seres humanos plenamente ineficientes para hallar eso que llaman realización personal. Es por tanto que en la obra de teatro La Luna Vista por los Muertos la ganancia aparente es la pérdida absoluta porque la vida de una pareja joven bastante disfuncional sólo parece consolidarse mediante el consumo de drogas, alcohol y el “amor” que sólo se da de manera incidental y en la que copular equivale a experimentar una seudo sexualidad que en el fondo es una auténtica ausencia de los estados de conciencia.
La pareja se divierte y une en esencia al jugar a la guerra con juegos virtuales, bajo los atavíos de personajes robotizados. El monitor o la pantalla de plasma constituyen el único vínculo real y positivo entre ellos, ya que, por lo demás, al amparo de la Luna, se suicidan sin tener del todo claro o ignorando que lo demás no es parte de la ficción, sino de una realidad destructiva no por sentencia moral, sino por la naturaleza de las consecuencias de todo lo que eligen que les penetre por los sentidos.
Contemplar La Luna bajo el influjo de una realidad construida en común es, posiblemente, lo que les inspira una conexión con la vida, ya que en sus vidas habituales ninguno de los dos aprehende elementos positivos. Naturalmente, no son felices; han muerto “en vida”, como lugar común dentro de otro lugar común.
Quizá se trate de entidades perdedoras desde que se adentraron en el planeta que habitamos o desde que el universo los arrojó a la tierra. Pero el calor y la luz no es ni fue para ellos. La luna es su amparo; la oscuridad, el retorno al paraíso perdido; la autoagresión de estilo sadomasoquista es como la de un border , negar la conciencia porque está bloqueada, y sólo existir en los linderos del exceso, crear y re-crearse en los límites de la sinrazón. Acaso pueden ser inválidas las adjudicaciones conceptuales desde la mirada ajena. Para quien no lo experimenta, de cualquier forma resulta grotesco, aun cuando existen elementos, escenas o características de los personajes, con las que es fácil reconocerse en algún tiempo tal y como si se tratara de reflejarse en un espejo.
No es agradable, pero la validez de La Luna Vista por los Muertos tiene su propia lógica; nos guste o no. Si se pretende encontrar un factor positivo dentro de la escenificación, no es asequible. Pero el testimonio creado con el montaje es tan válido como emprender un viaje hacia la demencia y salir airoso porque no se está protagonizando la realidad propia.
Esa realidad de locos también es no un estilo, sino un abismo por el que muchos habrán transitado, si no es que ya se perdieron. No hay esperanza, no hay salida, más que la del final de la función. No es un asunto de moral, sino de verdad. De verdades que gritan y nadie escucha o que a nadie le importan. Por ello la estupenda oportunidad de convertirse en cómplice de lo que sucede durante la obra y salir de ella con una reflexión, que incluso lleve a rememorar fragmentos de vida propia o cercana.
Los muertos hablan y callan acunándose en la Luna menguante. Con ella mueren en cada ciclo, pero nuevos muertos vivirán idilios similares; lo creamos o no. Todos morimos a diario. Sólo que estas muertes duelen, y mucho.
La Luna Vista por los Muertos, de Daniel Rodríguez Barrón, reinicia temporada el 24 de agosto. Después de un éxito insólito en el Foro Contigo América, se dirige al Foro Sor Juana Inés de la Cruz del Centro Cultural Universitario, en la UNAM, con las intensas actuaciones de Tae Solana y Tizoc Arroyo.
Que ésta sea una invitación para re-crearse y transgredir la “normalidad” que más defienden sus dictadores desde los medios de comunicación hasta el púlpito.

 
 
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