Hay varias hipótesis en relación a los orígenes del teatro, pero una de ellas, la cual encuentro como la más estimulante del pensamiento, toma forma de fábula:
Una noche, en el principio de los tiempos, un grupo de hombres estaban reunidos en una cantera para calentarse un poco alrededor del fuego y contar historias.
De improviso, uno de ellos tuvo la idea de levantarse y utilizar su sombra para ilustrar su cuento. Utilizando la luz de las llamas, él hizo aparecer a sus personajes, de mayor tamaño que los de la vida real, en las paredes de la cueva. Sorprendidos, los demás reconocieron, uno por uno, al fuerte y al débil, al opresor así como a los oprimidos, al dios y al mortal.
En nuestros días, la luz de los proyectores ha reemplazado a la fogata original y la maquinaria del escenario, a las paredes de la cueva. Y con toda la debida deferencia hacia ciertos puristas, esta fábula nos recuerda que la tecnología se halla presente desde los comienzos mismos del teatro y que no debe de ser percibida como una amenaza sino como un elemento unificador.
La sobre vivencia del arte teatral depende de su capacidad de reinventarse a sí mismo, aprovechando nuevas herramientas y nuevos lenguajes. Porque, ¿de qué manera podría el teatro continuar como testigo de los grandes acontecimientos de su época y promover el entendimiento entre los pueblos sin tener, él mismo, un espíritu de apertura? ¿Cómo podría enorgullecerse de ofrecer soluciones a los problemas de la intolerancia, la exclusión y el racismo si, en su propia práctica, se resistiera a cualquier fusión e integración?
Para representar el mundo en toda su complejidad, el artista debe producir nuevas formas e ideas y confiar en la inteligencia del espectador, quien es capaz de distinguir la silueta de la humanidad con su juego perpetuo de luces y de sombras.
Es verdad que, jugando demasiado con fuego, corremos un riesgo, aunque también una aventura: podríamos quemarnos, pero también podríamos sorprender e iluminar.
Robert Lepage
Quebec, 17 de febrero de 2008